Heridos y salvados por el enemigo

21/Mar/2016

El Observador, Por Ana Jerozolimski (Especial desde Safed, Israel)

Heridos y salvados por el enemigo

El médico sirio Abu Hamza estuvo 15 veces
en riesgo de morir. El azar o el milagro determinaron que no había llegado su
momento a pesar de los proyectiles y bombas que le cayeron cerca, mientras
atendía heridos en un hospital de campaña. Lo que nunca había imaginado era que
volvería a salvarse en un hospital de Israel.
«El enemigo está solamente en la mente
de Bachar al Assad», dice con una amarga sonrisa, al preguntársele en el
Hospital Ziv de la ciudad de Safed, cómo se siente al ser atendido en el país
que el régimen sirio siempre presentó como «el enemigo». «Aquí
me dan el mejor tratamiento y yo contaré todo esto cuando vuelva a mi
país».
En la cama del al lado Fares, un agricultor
de 24 años de la zona de Al-Kaswe -un área rural aledaña a Damasco- admite que
al principio se sentía «raro» sabiendo que lo llevaban a Israel. Pisó
una bomba que no había estallado antes y eso le provocó serias heridas. Quienes
presenciaron los hechos y corrieron a intentar ayudarle, decidieron de
inmediato llevarlo a la frontera, donde lo recogería una patrulla del ejército
israelí y le daría tratamiento.
Como en tantas otras ocasiones en los
últimos años, la frontera entre Israel y Siria, símbolo de hostilidad y
peligro, pasó a ser símbolo de esperanza.
El ejército israelí no revela por qué
puntos exactos se concretan estos pasajes bastante surrealistas. «Queremos
poder seguir ayudando y, si damos los detalles, puede haber alguien que se
ocupe de arruinar todo», dice el Teniente Coronel Peter Lerner , portavoz
de las Fuerzas de Defensa de Israel, mientras muestra desde el estratégico
monte Bental, del lado israelí, la cercanía con la vecina Siria. «Nuestra
única consideración es humanitaria y aunque somos conscientes de que lo que
podemos hacer es una gota en el mar de sufrimiento de la población civil siria
en los últimos cinco años, sabemos que en algo ayuda».
Israel ha maniobrado estos últimos cinco
años en medio de una compleja contradicción. Por un lado, su política oficial
es de no involucramiento en una guerra que no considera suya, con la salvedad
de que se reserva la libertad de actuar cuando ocurren hechos que «alteran
el equilibrio estratégico», como ser el envío desde Siria de armamentos a
la milicia pro iraní Hezbolá, uno de sus peores enemigos. Por otro lado, Israel
tomó la decisión de prestar ayuda humanitaria en la medida de sus
posibilidades, aprovechando la inmediatez geográfica entre ambos países.
El hospital israelí más cercano a la
frontera es el Ziv de Safed, donde en estos momentos, además de Fares y el Dr.
Abu Hamza, hay otros cinco sirios internados. El primero llegó hace tres años y
desde entonces han sido 600 los sirios tratados en el Ziv, de un total de unos
2.100 que fueron trasladados al territorio de Israel. Muchos más fueron
tratados en un hospital instalado por las Fuerzas de Defensa de Israel cerca de
la frontera, y otros cientos en el hospital de Naharia, sobre la costa del
mediterráneo.
Quien ha vivido de cerca esta situación tan
singular, entre otros médicos, ha sido el profesor Alexander Lerner, israelí
oriundo de la Bielorrusia soviética, que encabeza el Departamento Ortopédico en
el hospital Ziv.
Lerner da ejemplos de distintos procedimientos
ortopédicos, algunos de los cuales parecen casi ciencia ficción. Explica
detalles médicos, pero destaca la parte humana. «Al principio, tal vez
pensábamos en lo extraño de estar atendiendo sirios, debido al estado de guerra
entre nuestros dos países», explica. «Pero rápidamente lo primordial
pasó a ser la necesidad de parar un sangrado y salvar un miembro herido. No
importa el origen del paciente en absoluto».
Este médico israelí, un hombre grande y de
voz fuerte, no tiene problemas en expresar emociones. Es evidente que las
siente al contar su esperanza de que «los tratamientos hagan un pequeño
aporte a la construcción de la paz en la región».
Pero difícilmente pueda igualar lo que
sintió cuando una niña siria de ocho años, que había llegado con las dos
piernas casi destrozadas, pudo tras dos meses y medio de intenso tratamiento
salir a caminar sola por el corredor con las prótesis especiales que recibió,
donadas por ciudadanos israelíes. «De todas las habitaciones salieron al
pasillo a aplaudirla», cuenta Lerner feliz.
Y agrega su broche de oro personal:
«Antes de volver a Siria, me escribió unas palabras muy especiales:
´Doctor, lo quiero mucho y le deseo que Dios lo proteja´. Lo que sentí cuando
me lo tradujeron del árabe, es imposible de describir».